Qué belleza incontestable es el oleaje embravecido como si estuviese en la carrera de cuadrigas al estilo Ben-Hur compitiendo por ser la ganadora en romperse mejor o engullir la arena de la playa. Contemplar tan aguerridas las olas que parezcan caballos desbocados, pura sangre como un crepitar de recuerdos que me llevan a mi hogar, a mi primera memoria.
Imagínense esa misma escena desde la ventana discreta de tu hogar al amparo del calor de tus padres. Me viene a la mente que esa película duraba más de tres horas y media, qué placer infinito pasar ese tiempo de cine. Para nosotros lo era con vosotros. No se te hacía larga, la vida tampoco y no tenía nada que ver cómo se respiraba entonces.
A mi padre le parecerían de risa los shorts que vemos ahora, él seguro que prefería dos horas de Gila, todos lo preferíamos a él, a Gila también.
Mi madre con Lo que el viento se llevó , casi cuatro horas de película, se quedaba hipnotizada como al leer la novela, a nosotros nos gustaba leerla a ella. Y entre fotograma y fotograma de esta nostalgia arenosa, pienso en nuestro hogar en el que rugía el viento del Atlántico con fuerza y esas olas como si estuviesen dentro del musical West Side Story peleando los " Sharks" y los " Jets".
Riazor era mucho más que manta y sofá y pelis, largas sobremesas y los altos hornos de Vizcaya( que así entre risas nos decíamos en las reuniones familiares y de amigos) con esa calefacción central del edificio. Riazor para mí era mi hogar, mis padres y mis hermanos, mi colegio enfrente, mis amigas, mi primer amor...ese lugar donde saben tu nombre...
Esa esquina, a modo irreductible aldea Gala donde estaba nuestra casa y sucedía todo dentro y fuera, lo inmenso y lo pequeño, en la que mi madre repetía una y otra vez que no nos acercáramos al rompeolas que había. Miraba, sobre todo, a mis hermanos con esos bellos ojos verdes en los que acampar toda la vida, advirtiéndoles del peligro; yo era demasiado pequeña y para mí era solo la rotonda de mi infancia en la que en los veranos patinaba hacia su regazo y me merendaba la tarde. En aquellas rocas también se robaron besos, algunos de los mejores momentos vividos con alguna de mis amigas entre risas y confidencias de primera mano, sin móviles, no había spoilers, era crecer a fuego lento.
Antes no existía el paseo marítimo como se conoce ahora, lo hicieron más tarde; mi padre paseaba por él, se encontraba a tantos conocidos que parecía que hubiese estudiado en el Pabellón de los Deportes, se le decía. Si iba a su lado, sentía cuánto se le quería y agarrada de su brazo, tenía la certeza que era muy afortunada de ser su hija, algo que él transformaba sin darme cuenta y me presentaba como su niña bonita, su pequeña...qué grande eras papá.
En aquellos amables tiempos, hace ya mucho que no lo son, las olas llegaban hasta la plaza de Pontevedra como si nada. Luego la arena cubría las calles y la naturaleza se desbordaba como la humana de mis padres. Tanta generosidad era encomiable, se os echa de menos y esta vez la nostalgia me ha llevado de la mano de ese oleaje con tanto carácter que hay en estos días confusos.
Y recuerdo también la casa con las paredes empapeladas, una moda que duró lo que se le dejó como suele ocurrir con las modas.
Mi padre decidió que había que quitar ese papel y pintar la casa de blanco y nos pusimos todos a ello, cada cual en su justa desmedida. Mamá cuánto tiempo nos dedicabas, lo mejor que se puede hacer, ofrecer tu tiempo. Los dos fuisteis el primer streaming de la historia, un flujo continuo de entrega en vivo y en directo.
Nos convertimos en pintores de brocha gorda y a medida que se terminaba con una habitación , nos quedábamos en el salón durmiendo todos juntos ( los que todavía no se habían casado) en colchones tirados en el suelo. Nos rodeaban los muebles y nos sentíamos en una especie de fuerte como el que montaba mi hermano,mi orfebre de palabras preciosas, con los Playmobil.
Vuelvo al oleaje, a ese hogar con vistas al mar abierto, a las pelis del sábado noche, a esa carrera de cuadrigas en la pantalla pequeña y a la pantalla gigantesca del océano al mirar por la ventana, a esas tormentas que se veían venir desde los lejos, a todos los abrazos de mis padres, a las canciones dispares del tocadiscos de mis hermanos que se debatía entre la Unión, Paco Ibáñez o Gwendal y en el radiocasete, en blanco y negro sonaba " Toda una vida, me estaría contigo, no importa en que forma, ni dónde ni cómo pero junto a ti..." y la saga de los Porreta.
Es tan fino y largo el hilo de la cometa de mis vivencias en ese hogar con vistas que al tirar de él, vuela sobre esa pleamar espléndida, única e incomparable entre música y cine y amor a raudales, la bella imagen de mis padres con su entrega sin fascículos, sus palabras sabias que corren como la savia de los árboles con sus buenas raíces, sin duda las nuestras fueron inmejorables y se extraña, cómo se os extraña!!
Estos días al sentir al mar como se le abre hasta las entrañas su salitre, me ha llevado al hogar, al primero, al principio de todo que nunca se debe permitir que sea tu final por mucho que ciertas heridas sangren...vuestra ausencia no es fácil.
Es bonito recordarlo, así te sientes como te pellizca la nostalgia y te das cuenta que estás vivo y cómo las lágrimas se asoman a la orilla de tus mejillas.
El no teneros aún duele y mucho pero es porque os tuvimos y eso es haberte bañado en una marmita de ternura durante tantos años muy vívidos.