miércoles, 24 de diciembre de 2025

Skitty garrapiñada

Skitty echa de menos a Squirtle y a Meganium. A ellos les encantaban estas fiestas.

Se los imagina en el cielo celebrándolas, a su madre comiéndose el turrón y con el corazón como un mazapán, desde luego que cabello de ángel ya tenía cuando adornaba hasta los cuadros de casa con guirnaldas y las luces del árbol puestas.

Skitty es aún pequeña y no entiende el significado de algunas palabras como soledad y perogrullada y se le pone cara de acelga congelada. Tiene mucho frío desde que se fueron, le tirita hasta el hada que cree que le acompaña, pegada a su cuello.

También les pasa a Ikachu, a Brocky, a Billu y a Brunne. Las Navidades con ellos eran de ternura a la taza como el chocolate con churros que preparaba su padre la mañana de Reyes después de abrir los regalos .

Qué fila más larga hacían ante la puerta del salón como las siete notas musicales. Y cuántos mensajes dejaba Baltasar por toda la casa, ella emocionada no se daba cuenta que era la letra de uno de sus hermagos.

Skitty no puede más, le pesan ciertos recuerdos movidos que se vuelven perseverantes, le salen agujetas en su corazón y le duele su envasado al vacío de no tenerlos.

Aquellos paseos por la calle Real con sus padres y el olor a castañas desde el principio de esta. Meganium y Squirtle les compraban a Ikachu y a ella un cucurucho, estaban muy calentitas y eran instantes cálidos pese al frío de fuera.

Llevaba un gorro de lana de colores que le había calcetado la prima de su madre con unos mitones a juego y sus coletas apenas se le veían, salvo por los tirabuzones que le salían traviesos a la vista de cualquiera.

Skitty no entiende que haya personas que se van para no volver y otras que pese a estar, no regresan. Se le arma un buen lío en su cabeza.

Siempre estaban todos juntos, había muchas risas, alborozo y jaleo ; lo típico de una gran familia, de esas que se ven en las películas navideñas y en las estampas que ahora le rodean.

Skitty se siente garrapiñada y no sabe qué hacer con todos sus pensamientos amontonados en el desván de la esquina, en la que se ha convertido su almendra. Demasiado pequeña aún y ya está rota como un jarrón de cristal de bohemia.

Skitty quiere dormir para soñarse en aquellos días de fiesta pero no puede, le ha dicho una señora que es doctora que padece insomnio y que tiene que tener paciencia. No sabe quién es ese insomnio tan grande que le asusta y la mantiene despierta. En su hogar no había ese tipo y teme que sea el hombre del saco que viene a por ella y no precisamente Papá Noel el que baje por la chimenea.

Ahora está en unos de esos puntos negros que tanto le asustaban de más pequeña, cuando estaba al punto de... todo, de cocerse, de hervir, de quemarse...pero Squirtle y Meganium la protegían y no terminaba en ese agujero oscuro donde las lágrimas tiemblan, el ánimo sangra y la pena se queda varada como una ballena muerta.

Además su hucha cerdito ha desaparecido donde ahorraba el valor, las ganas, las fuerzas para cuando le hiciesen falta y también la almohada mágica que le regalaron sus padres en un mercadillo dentro de un sueño que una Nochebuena tuvo ella. 

Skitty lo tiene crudo a modo tartar y se le ha puesto pocha su sonrisa de caramelo y su varilla de duende mágico por mucho que la agite no le concede ningún deseo de postre y su genio de la lámpara no tiene la luz suficiente ni aunque le apriete las tuercas. Es un genio LED que desconoce lo que es, igual que no comprende la razón de porqué ciertos momentos han cambiado de sitio y luego no los encuentra.

Skitty cree que nadie debería quedarse huérfano, aunque una de sus pelis favoritas fuese Annie que la vio por primera vez en el cine Riazor porque la llevaron su hermago mayor y su pareja. 

Ella solo quiere soñar con los angelitos como le decía su madre y no sentirse escalfada y que su padre la coja de la mano como hacía cuando era muy niña y tenía dos coletas.Y así seguir contando estrellas y más ahora que Squirtle y Meganium son parte de ellas, sentir una vez más sus caricias y sus palabras y sus abrazos y su olor de pan recién horneado y su dulzura única muy, muy cerca.








viernes, 19 de diciembre de 2025

Un hogar con vistas

Qué belleza incontestable es el oleaje embravecido como si estuviese en la carrera de cuadrigas al estilo Ben-Hur compitiendo por ser la ganadora en romperse mejor o engullir la arena de la playa. Contemplar tan aguerridas las olas que parezcan caballos desbocados, pura sangre como un crepitar de recuerdos que me llevan a mi hogar, a mi primera memoria.

Imagínense esa misma escena desde la ventana discreta de tu hogar al amparo del calor de tus padres. Me viene a la mente que esa película duraba más de tres horas y media, qué placer infinito pasar ese tiempo de cine. Para nosotros lo era con vosotros. No se te hacía larga, la vida tampoco y no tenía nada que ver cómo se respiraba entonces. 

A mi padre le parecerían de risa los shorts que vemos ahora, él seguro que prefería dos horas de Gila, todos lo preferíamos a él, a Gila también.

Mi madre con Lo que el viento se llevó , casi cuatro horas de película, se quedaba hipnotizada como al leer la novela, a nosotros nos gustaba leerla a ella. Y entre fotograma y fotograma de esta nostalgia arenosa, pienso en nuestro hogar en el que rugía el viento del Atlántico con fuerza y esas olas como si estuviesen dentro del musical West Side Story peleando los " Sharks" y los " Jets".

Riazor era mucho más que manta y sofá y pelis, largas sobremesas y los altos hornos de Vizcaya( que así entre risas nos decíamos en las reuniones familiares y de amigos) con esa calefacción central del edificio. Riazor para mí era mi hogar, mis padres y mis hermanos, mi colegio enfrente, mis amigas, mi primer amor...ese lugar donde saben tu nombre...

Esa esquina, a modo irreductible aldea Gala donde estaba nuestra casa y sucedía todo dentro y fuera, lo inmenso y lo pequeño, en la que mi madre repetía una y otra vez que no nos acercáramos al rompeolas que había. Miraba, sobre todo, a mis hermanos con esos bellos ojos verdes en los que acampar toda la vida, advirtiéndoles del peligro; yo era demasiado pequeña y para mí era solo la rotonda de mi infancia en la que en los veranos patinaba hacia su regazo y me merendaba la tarde. En aquellas rocas también se robaron besos, algunos de los mejores momentos vividos con alguna de mis amigas entre risas y confidencias de primera mano, sin móviles, no había spoilers, era crecer a fuego lento. 

Antes no existía el paseo marítimo como se conoce ahora, lo hicieron más tarde; mi padre paseaba por él, se encontraba a tantos conocidos que parecía que hubiese estudiado en el Pabellón de los Deportes, se le decía. Si iba a su lado, sentía cuánto se le quería y agarrada de su brazo, tenía la certeza que era muy afortunada de ser su hija, algo que él transformaba sin darme cuenta y me presentaba como su niña bonita, su pequeña...qué grande eras papá.

En aquellos amables tiempos, hace ya mucho que no lo son, las olas llegaban hasta la plaza de Pontevedra como si nada. Luego la arena cubría las calles y la naturaleza se desbordaba como la humana de mis padres. Tanta generosidad era encomiable, se os echa de menos y esta vez la nostalgia me ha llevado de la mano de ese oleaje con tanto carácter que hay en estos días confusos.

Y recuerdo también la casa con las paredes empapeladas, una moda que duró lo que se le dejó como suele ocurrir con las modas. 

Mi padre decidió que había que quitar ese papel y pintar la casa de blanco y nos pusimos todos a ello, cada cual en su justa desmedida. Mamá cuánto tiempo nos dedicabas, lo mejor que se puede hacer, ofrecer tu tiempo. Los dos fuisteis el primer streaming de la historia, un flujo continuo de entrega en vivo y en directo.

Nos convertimos en pintores de brocha gorda y a medida que se terminaba con una habitación , nos quedábamos en el salón durmiendo todos juntos ( los que todavía no se habían casado) en colchones tirados en el suelo. Nos rodeaban los muebles y nos sentíamos en una especie de fuerte como el que montaba mi hermano,mi orfebre de palabras preciosas, con los Playmobil.

Vuelvo al oleaje, a ese hogar con vistas al mar abierto, a las pelis del sábado noche, a esa carrera de cuadrigas en la pantalla pequeña y a la pantalla gigantesca del océano al mirar por la ventana, a esas tormentas que se veían venir desde los lejos, a todos los abrazos de mis padres, a las canciones dispares del tocadiscos de mis hermanos que se debatía entre la Unión, Paco Ibáñez o Gwendal y en el radiocasete, en blanco y negro sonaba " Toda una vida, me estaría contigo, no importa en que forma, ni dónde ni cómo pero junto a ti..." y la saga de los Porreta.

Es tan fino y largo el hilo de la cometa de mis vivencias en ese hogar con vistas que al tirar de él, vuela sobre esa pleamar espléndida, única e incomparable entre música y cine y amor a raudales, la bella imagen de mis padres con su entrega sin fascículos, sus palabras sabias que corren como la savia de los árboles con sus buenas raíces, sin duda las nuestras fueron inmejorables y se extraña, cómo se os extraña!!

Estos días al sentir al mar como se le abre hasta las entrañas su salitre, me ha llevado al hogar, al primero, al principio de todo que nunca se debe permitir que sea tu final por mucho que ciertas heridas sangren...vuestra ausencia no es fácil.

Es bonito recordarlo, así te sientes como te pellizca la nostalgia y te das cuenta que estás vivo y cómo las lágrimas se asoman a la orilla de tus mejillas.

El no teneros aún duele y mucho pero es porque os tuvimos y eso es haberte bañado en una marmita de ternura durante tantos años muy vívidos.


miércoles, 10 de diciembre de 2025

Esas pequeñas cosas que pasan

En un parque hay un atraco de bancos en ciernes, un flashmob de deshollinadores en un improvisado tejado y una discusión a las tres en punto en la que nadie será vencedor ni vencido, solo muy puntuales en su estupidez.

La soledad se viste de novia no muy lejos de allí. La desconocida del quinto...pino no la puede ayudar con el velo que siempre ha cubierto su mirada después de un despeinado espectacular de su peluquería de cabecera a la que nunca ha ido con asiduidad, no por pereza, su pecado es más de provincias y en la actualidad ya no hay diligencia, por mucho que su alma se sienta de otra época.

Hace frío dos calles hacia abajo, tanto que no recuerda el porqué de haberse presentado en pleno otoño, pero tenía ganas de conocerlo y ha sido amor a primera vista, no tiene ninguna intención de marcharse de su lado.

En una fuente de vida que respira piedra mientras sopla su aliento de agua a borbotones, una jovencísima pareja saca de su bolsillo una carcajada redonda de plata y al echarla dentro, pide un deseo con sus ojos en silencio muy alto como si fuese su primera plegaria, tan imberbe que parece jugar al escondite y al finalizar se dicen callados: por nosotros y por todos nuestros compañeros; aún desconocen que se están enamorando sin querer y que recordarán ese preciso instante cuando peine canas su nostalgia y suspire su madurez, antes que cierre para siempre su mirada la vejez.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

El apagado navideño

En el portal de un edificio están dos vecinos enzarzados en quién es más Grinch o señor Scrooge, solo se hablan por estas fechas y sin darse cuenta arman un belén que ni les importa ni a ningún inquilino interesa.

Mientras en una urbanización un solo de tristeza en lonchas gruesas, unas cincuenta y tres, suena en voz baja y en alta sueña con el paté de ternura que conlleva la nostalgia de tiempos pequeños y entrañables que borbotean al recordar a una niña que pertenecía a una gran familia numerosa y con ese característico olor de madera noble de aquel hogar en una incomparable esquina del Atlántico ahora perdido hasta su salitre.

Una chica no tan joven siente la ausencia como un zarpazo en la distancia, las luces afónicas de las que ya no pueden alumbrar aunque quieran, los abrazos que se quedaron en la sala de espera para ser llamados para la peor de las noticias, las caricias mudas de esos besos que no llegaron a rimar nunca más con nadie; ella se ha convertido en ese verso suelto que mira a un norte quizás demasiado asonante.

Llueve sin tregua en el olvido que respira tres calles más abajo, dos perros empiezan a dar sus primeros ladridos. El empapado repartidor cansado de tantos paquetes que entregar, no entiende el porqué tanta gente enloquece con el Black Friday y su furgoneta se queda sin batería como el matrimonio que vive en la casa más artificialmente iluminada del vecindario, tal vez se hayan caído de lleno en una peliculera marmita de navidades americanas.

Y al final de un túnel, el atasco de luces en plenas compras y salida de sus trabajos es tan largo que el último de la fila, cree que ha sido un accidente y reza entre bocinas y su impropio ruido para que no haya sido nada grave y la madre piensa que llegará tarde a recoger a su hija en la facultad que parece un colegio empoderado venido a más por un plan de estudios que no comprende.

Mientras la noche ya ha caído a media tarde, en muchos lugares la ilumina la Navidad que parece que se mide en cuántas luces LED tiene el centro...de sus ombligos. Y por ello de pataleta se pone la mediocridad, una palabra peyorativa y tan fea como la indolencia.